LA CITA / Oswaldo Encalada Vásquez
La mujer yace de costado. Su desnudez es una espada de fragancia. Una mínima cinta negra cuelga del amplio recodo de la cintura.
-Recoge -dice ella-. Nada puede quedar en esta habitación.
El hombre levanta las ropas, la única copa donde bebieron un vino de sangre y de rubíes. Finalmente recoge los olores de la savia femenina y todas las miradas con que se alimentó de su cuerpo. Ella, en un rito de silencio, se viste con una paciencia infinita, colocando cada pliegue en su lugar.
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