Fueron decenas de latigazos furibundos los que Lucifer le propinó a su vástago, rajó sus carnes, vertió su sangre negra. La víctima no sentía dolor en su corporeidad… era etérea como su padre, pero a su extraña alma le laceraba su génesis y le atormentaba su estirpe… Osó mirar sin odio al Príncipe de las tinieblas y agarrándose el costado abierto le dijo:
-Pediré a Dios que me reciba en el cielo.
-Es imposible -refutó Lucifer, deleitándose en el tormento de su hijo.
Era otra más de sus equivocaciones.
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