Se alimenta con las últimas deyecciones de la noche: un vaso que contiene sustancias de un albor tembloroso e inquietante. Luego sale hacia los parqueaderos y toma por la avenida. Junto a las aceras hay huellas de briznas que los obreros han dejado, al cortar el césped. Avanza. Sabe que nada le ha de permitir encontrar la huella de Cecil Ezquerra, que ningún brazo de viento la ha de dejar junto a sus pasos, aunque tenga ya todas las palabras acomodadas y listas en su silencio rumoroso.
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