Emilia quiere ser libre. Vive en un cuarto pequeño. Lo único que posee es una jaula blanca con un canario y una pecera redonda con un Goldfish. Son suyos, los compró con su dinero. Lo demás no importa. La ropa y los muebles, son ataduras de la vida que quiere abandonar. Sus horarios están regidos por la voluntad del dueño de ese cuarto.
Al principio contabilizaba el tiempo según sus esperanzas. “Cuando termine de pagar lo que le debo, me iré”. “Cuando me deje salir, no vuelvo”. “Cuando tenga valor, me suicido”. Pero las golpizas del jefe y la asiduidad de los clientes le dejaron claro que el tiempo, su tiempo, no era contabilizable sino eterno.
Lo escucha bajar las escaleras y despedirse del portero. Sabe que no tendrá otro momento. Va hasta el baño, con la pecera en las manos, deja caer al pez en el inodoro y descarga. Abre la ventana y deja salir al canario. Lanza la pecera y la jaula, observa el rostro del portero que se asoma y mira hacia arriba, ella le sonríe. Cae sobre los cristales. La sangre que emana de la cabeza mancha los barrotes blancos. El canario canta, se aleja. El portero se lleva una mano a la boca y contiene las lágrimas.